| La estabilización democrática en el continente americano, hizo que las personas pidieran una mayor igualdad de oportunidades y derechos. Lo anterior, ha supuesto para los gobiernos ampliar la participación y la deliberación pública a amplios sectores de la sociedad que se han visto secularmente marginados pero también avanzar en la efectiva titularidad de derechos económicos, sociales y culturales. Para CEPAL, la igualdad de derechos significa que la ciudadanía, como valor irreductible, prescribe el derecho de cada uno, por el solo hecho de ser parte de la sociedad e independientemente de sus logros individuales y recursos monetarios, a acceder a ciertos umbrales de bienestar social y reconocimiento. La propuesta que la CEPAL sometió a la consideración de los Gobiernos de América Latina y el Caribe concibe el desarrollo en el sentido recién planteado. ¿Por qué CEPAL hace suyo el valor de la igualdad? Porque cree interpretar un reclamo histórico largamente sostenido y postergado en las sociedad latinoamericanas y caribeñas. A partir de este reclamo se han ensayado, con mayor o menor fortuna, revoluciones y reformas; modelos de gobierno y de política, movimientos populares, acuerdos entre grupos y demandas de los más diversos actores. Pero al mismo tiempo que la igualdad respira, como valor positivo, en la memoria histórica de la región, se ha visto sistemáticamente negada por esa misma historia. La hora de la igualdad estima que la desigualdad recorre cinco siglos de discriminación racial, étnica y de género, con ciudadanos de primera y segunda categoría. Recorre una modernización hecha sobre la base de la peor distribución del ingreso del mundo. Recorre décadas recientes en que se ha exacerbado el mundo del trabajo y se ha segmentado el acceso a la protección social, multiplicándose las brechas por doquier. De ese modo la crisis iniciada en 2008 a escala global es un momento en que la igualdad aparece nuevamente como valor intrínseco del desarrollo que se busca. Al confrontar las brechas, la sociedad migra de lo individual a lo colectivo y busca cerrar las heridas de la desigualdad. Para La hora de la igualdad, la crisis que estalló en 2008 es la máxima expresión de la crisis de un patrón de de globalización en que la creciente potencia, autonomía y desregulación de la economía financiera, con relación a la economía real, produce una elevada volatilidad y tiende a la mayor concentración mundial de la riqueza y del ingreso. Más aún, se ha interpretado esta crisis financiera, y con cierta razón como la consecuencia de la búsqueda a ultranza de la ganancia individual, de la lógica desnuda del dinero y de la especulación, así como de los poderes fácticos de agentes “invisibles” que rigen por sobre los derechos de las personas y de los bienes públicos. El escándalo de las desigualdades, que se exacerbaron como nunca antes en el modelo financerista que se impuso en el mundo en las últimas décadas, suscita la indignación compartida a la luz de sus secuelas. En su documento, CEPAL, estima que podrán paliarse sus consecuencias financieras pero, no podrá borrarse la conciencia planetaria adquirida en este último año respecto de la arbitrariedad del modelo, ni podrá difuminarse la indignación que causan sus inequidades. Esto significa avanzar hacia una mayor igualdad en materia de acceso, sobre todo en educación, salud, empleo, vivienda, servicios básicos, calidad ambiental y seguridad social, que al traducirse en umbrales mínimos, de bienestar y de prestaciones, indirectamente la igualdad de derechos impone límites a la desigualdad en el acceso a ellos. La igualdad de derechos provee el marco normativo y sirve de base a pactos sociales que se reflejan en más oportunidades para quienes menos tienen. Parte de esta agenda sería un pacto fiscal que contemple una estructura y una carga tributaria con mayor efecto redistributivo, que fortalezca el rol del Estado y la política pública. En ese sentido tanto un orden democrático que plasme la voluntad de la mayoría y un conjunto de políticas económicas que se apliquen con visión de largo plazo en el ámbito productivo, laboral, territorial y social, que procuren no solo la igualdad de oportunidades, sino también reducir las brechas en materia de logros efectivos, constituye el pilar de la agenda de la igualdad. En ese sentido, el análisis que se presenta en el documento que la CEPAL adhiere plenamente a la idea de que la igualdad social y un dinamismo económico que transformen la estructura productiva no esté reñidos entre sí y de que el gran desafío es encontrar las sinergias entre ambos elementos. La propuesta que se formuló en el documento lleva al siguiente punto: cuando hablamos de igualdad, lo hacemos sabiendo que hay que crecer para igualar e igualar para crecer. Por lo mismo, en ningún caso proponemos sacrificar el valor del dinamismo económico y productivo en el altar de la igualdad. En el horizonte estratégico de largo plazo, igualdad, crecimiento económico y sostenibilidad ambiental deben ir de la mano, apoyarse mutuamente y reforzarse en una dialéctica virtuosa. Por eso CEPAL propone crecer con menos heterogeneidad estructural y más desarrollo productivo e, igualar mediante la potenciación de las capacidades humanas y la movilización de energías del Estado. Su objetivo es revertir las tremendas disparidades territoriales mediante la construcción de sociedades más integradas en torno a dinámicas productivas, con sinergias sociales y territoriales positivas, así como reforzar la protección de las personas mediante el mejoramiento de los mercados laborales, las capacidades de las finanzas y la gestión pública. Del mismo modo que la idea de igualdad supone ocuparse de la vulnerabilidad social, CEPAL cree que una macroeconomía que proteja a las personas frente a la volatilidad externa juega un papel fundamental. Esta meta no se alcanza automáticamente y requiera de políticas en varios frentes y de más y mejor mercado. Si hay que nivelar el campo de juego, hay que hacerlo elevando los niveles medios y agregados de productividad e ingresos. La igualdad de derechos no lesiona la meritocracia ni desincentiva los esfuerzos individuales. Por el contrario, promueve un sentido de pertenencia que motiva a los agentes a contribuir al bien común y al progreso económico, pues redunda en derechos más efectivos y en actores que aportan al bien común. Los estados de bienestar más avanzados del mundo muestran, precisamente, ese complemento entre igualdad, protección social, solidaridad instituida y disposición positiva de los agentes. No niegan con ello las bondades del mercado sino que hacen del mercado una institución más inclusiva con una mejor interacción. Las alianzas público- privadas más sólidas, las democracias más avanzadas y las visiones más compartidas de desarrollo a largo plazo se dan en sociedades más igualitarias y donde existe un Estado que desempeña un papel más activo y actúa con visión estratégica para lograr el bienestar y el progreso de todos. Se trata de una agenda política, progresista y de largo alcance. Por último, en La hora de la igualdad se considera que la igualdad es un valor y en consideración de él y la manera en que se conjuga con el crecimiento no puede dejarse de lado el cambio climático, un factor que determina marcadamente el futuro de todos. Igualdad significa, ene se sentido, solidaridad con las generaciones venideras que vivirán en un escenario incierto y con mayor escasez de recursos naturales. Para este Informe, esto significa, además, abogar por la celebración de acuerdos internacionales para mitigar los efectos del cambio climático de modo tal que se respete el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas y que no sean los pobres ni los países pobres quienes terminen asumiendo los mayores costos de este cambio. También significa, pensar en el paradigma del desarrollo en función de un vínculo más humanizado entre todos y un vínculo más amable con la naturaleza. Además, la igualdad provee el punto de partido ético- político para universalizar prestaciones (no solo en materia de acceso), sino también para reducir brechas en la calidad y en las trayectorias. La igualdad constituye el marco normativo para el pacto fiscal y el pacto social del que surge el carácter vinculante de los derechos ratificados y sus implicancias en cuanto a progresividad y redistribución de recursos y exige un profundo respeto por la seguridad planetaria para garantizar la sostenibilidad ambiental. En síntesis, la igualdad transforma a la dignidad y el bienestar de las personas en un valor irreductible, articula la vida democrática con la justicia social, vincula el acceso y las oportunidades con una ciudadanía efectiva y de este modo fortalece el sentido de pertenencia. Sin embargo, CEPAL no habla de cualquier igualdad. Habla de igualdad teniendo como referente otro gran valor cuya conquista ha sido fruto de largas luchas y respecto del que siempre es necesario seguir progresando: la democracia. Por ello, CEPAL sitúa el valor de la igualdad en el corazón de la democracia porque igualdad sin democracia es no tener derechos básicos y sin Estado de derecho, lo que constituye una contradicción en los términos. Pero, por otra parte, una democracia de baja calidad y con poca participación de los más diversos actores en espacios de deliberación difícilmente forje una voluntad política para avanzar hacia una mayor igualdad. Lo anterior es la propuesta de CEPAL. El desafío esta en aceptarla. |